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LA MUJER ZAPATISTA

Las Mujeres Zapatistas Hablan sobre el Abandono de las Comunidades Indígenas

A pesar de ser uno de los estados mexicanos más ricos en recursos Chiapas cuenta con una de las poblaciones más pobres en comparación con otros estados. Chiapas tiene a su vez un alto índice de población indígena lo cual evidencia que a mayor población indígena, mayores niveles de pobreza.
El estudio de UN-INSTRAW sobre la participación política de las mujeres indígenas en el movimiento Zapatista, revela que para muchas indígenas de Chiapas, especialmente para las jóvenes, su participación en el Movimiento Zapatista representa una oportunidad para contribuir a cambiar la pobreza que afecta gravemente a sus comunidades.

La desnutrición, que sufre más de la mitad de la población indígena, ha llegado a tal extremo que la talla de los indígenas, particularmente la de las mujeres mayores de 15 años, ha disminuido aceleradamente: hace una década tenían una estatura promedio de 1.42 metros y actualmente es de 1.32. “No es cierto, como piensan algunos mestizos, que nuestra costumbre es solamente comer verdura y pozol. Queremos tener derecho a comer carne, a tomar leche, a que nuestros hijos no mueran de desnutrición, ni que las mujeres mueran en el parto” dice una mujer indígena, cuyo testimonio se presenta en este estudio, que analiza la participación política de las mujeres de la comunidad Tojolabal, la cual se distribuye en 7 municipios del Estado de Chiapas.

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Las mujeres indígenas de Chiapas enfrentan graves problemas en cuanto al acceso a servicios de salud. Las estadísticas indican que un alto porcentaje de mujeres muere debido a complicaciones relacionadas con la salud reproductiva y que sus hijos mueren por desnutrición u otras enfermedades que podrían curarse de tratarse a tiempo. Las tasas de mortalidad infantil son tan altas que en promedio solo dos de siete hijos tienden a sobrevivir. “Es muy doloroso ver a los niños morirse de desnutrición, de hambre, de enfermedades curables. La mujer sufre mucho. Por eso luchamos” dice una mujer zapatista.

Las estadísticas de acceso a la educación son también alarmantes. Entre los indígenas de la comunidad Tojolabal, el índice de analfabetismo llega al 45% y el de monolingüismo a 35.8 %. Millán analiza como el movimiento Zapatista se convierte en una oportunidad para las mujeres Tojolabales, quienes no tienen acceso a la educación: “Cuando yo vivía en mi casa con mi familia, yo no sabía nada, pero cuando me integré al Ejercito Zapatista de Liberación Nacional, aprendí a leer, hablar español, escribir y me entrené para la guerra“, dice una de las mujeres zapatistas en declaraciones al diario mexicano La Jornada.

Las Indígenas Sufren una Doble Discriminación

La participación de las mujeres en el movimiento Zapatista, se convierte en una herramienta para cuestionar la mirada del Estado mexicano hacia lo indígena. Según Millan, la marginalización social y económica que afecta a las comunidades indígenas facilita la conformación de una localidad Zapatista, que abarca una serie de comunidades que se revelan contra el Estado mexicano y que a la vez, abren un espacio de reflexión para las mujeres indígenas.

 

La participación política de las mujeres indígenas ya estaba en ascenso en la década de los 80, antes de la llegada del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994 cuando también se dio la “Ley Revolucionaria de Mujeres de dicho movimiento. En estía ley las mujeres zapatistas encuentran un medio para expresar sus demandas tanto hacia el Estado mexicano (acceso a salud y educación, participación política) como a su propia comunidad (derecho a elegir pareja libremente, a no ser obligadas a contraer matrimonio por la fuerza). De esta manera, las mujeres visualizan una clara analogía entre la discriminación del Estado Mexicano hacia lo indígena y la que se da al interior de su comunidad hacia las mujeres.

í Este doble cuestionamiento se evidencia también en el interés de las mujeres en reflexionar sobre las implicaciones del artículo cuarto de la Constitución Nacional, que se reformó en 1992 para reconocer el carácter pluricultural de México e invita a proteger y promover el desarrollo de las culturas y costumbres indígenas. Para las mujeres jóvenes algunas de las costumbres de su comunidad atentan contra los derechos de las mujeres como el ser obligadas a contraer matrimonio por la fuerza, costumbre que se sigue practicando dentro de los sectores más conservadores de la comunidad. “En las comunidades a veces nos obligan a casar; a veces cambian a las mujeres por una vaca. No es justo lo que nos hacen, nos maltratan al casarnos a la fuerza…“, dice una de las mujeres participantes en una serie de encuentros comunitarios que reunieron a mujeres indígenas Zapatistas y no Zapatistas.


Las Mujeres Feministas y las Indígenas Viven Realidades Contrastantes

Varias corrientes del movimiento feminista mexicano, conformado principalmente por mujeres mestizas e intelectuales que viven en las grandes ciudades, hacen una serie de reflexiones sobre el Movimiento Zapatista en el que participan mujeres indígenas que habitan en zonas rurales. El feminismo Pacifista por ejemplo, cuestiona la vía armada por la que ha optado el movimiento Zapatista, ya que ve en la guerra y en la opción militar una mirada patriarcal, vertical y autoritaria.

Otra reflexión interesante es la que tiene que ver con el tema del aborto. Las mujeres feministas llevan mucho tiempo luchando por la despenalización del aborto, abogando así por el derecho de las mujeres a tener control sobre su cuerpo. Aunque la posición de las mujeres indígenas frente a este tema no se examina ampliamente en el estudio, según uno de los autores consultados por Millán en su investigación, “las indígenas abortan y no por elección propia, sino por desnutrición crónica…no piden clínicas para abortar porque no tienen clínicas para parir adecuadamente”. Si bien las feministas y las indígenas mexicanas viven dos realidades y dos momentos diferentes, cabe destacar que han iniciado un diálogo constructivo y que buscan puntos de encuentro.

 

 

 

Video de la mujer zapatista:

 

 

 

Os dejo un texto de Emma Goldman que me gusta mucho.

Emma Goldman

(Kaunas, 1869-Toronto, 1940) Anarquista estadounidense. Activista del movimiento sindicalista de EE UU, editó en Nueva York la revista Mother Earth (1916-1917). Residió en la URSS con A. Berkman (1920-1922) y participó en la sublevación anarquista de Kronshtadt. Disconforme con el autoritarismo soviético, se instaló definitivamente en Canadá. Es autora de Anarquismo y otros ensayos (1910) y de la autobiografía Viviendo mi vida (1931).

“El gran defecto de la emancipación en la actualidad estriba en su inflexibilidad artificial y en su respetabilidad estrecha, que produce en el alma de la mujer un vacío que no deja beber de la fuente de la vida. En una ocasión señalé que parece existir una relación mas profunda entre la madre y el ama de casa del viejo estilo, aun cuando este dedicada al cuidado de los pequeños y a procurar la felicidad de los que ama, y la verdadera mujer nueva, que entre esta y el termino medio de sus hermanas emancipadas. Las discípulas de la emancipación pura y simple pensaron de mí que era una hereje digna de la hoguera. Su ceguera no les dejo ver que mi comparación entre lo viejo y lo nuevo era simplemente para demostrar que un gran numero de nuestras abuelas tenían mas sangre en las venas, mas humor e ingenio, y, por supuesto, mucha mas naturalidad, buen corazón y sencillez, que la mayoría de nuestras profesionales emancipadas, que llenan los colegios, aulas universitarias y oficinas. Con esto no quiero decir que haya que volver al pasado, ni que condene a la mujer a sus antiguos dominios de la cocina y los hijos.

 
 

 

La salvación esta en el avance hacia un futuro más brillante y mas claro. Necesitamos desprendernos sin trabas de las viejas tradiciones y costumbres, y el movimiento en pro de la emancipación de la mujer no ha dado hasta ahora mas que el primer paso en esa dirección. Hay que esperar que se consolide y realice nuevos avances. El derecho al voto y la igualdad de derechos civiles son reivindicaciones justas, pero la verdadera emancipación no comienza ni en las urnas ni en los tribunales, sino en el alma de la mujer. La historia nos cuenta que toda clase oprimida obtuvo la verdadera libertad de sus señores por sus propios esfuerzos. Es preciso que la mujer aprenda esa lección, que se de cuenta que la libertad llegara donde llegue su capacidad de alcanzarla. Por

 

consiguiente, es mucho mas importante que empiece con su regeneración interior, que abandone el lastre de los prejuicios, de las tradiciones y de las costumbres. La exigencia de derechos iguales en todos los aspectos de la vida profesional es muy justa, pero, después de todo, el derecho mas importante es el derecho a amar y ser amada. Por supuesto, si la emancipación parcial ha de convertirse en una emancipación completa y autentica de la mujer, deberá acabar con la ridícula pretensión de que ser amada, convertirse en novia y madre, es sinónimo de esclava o subordinada.

 

 

 

Tendrá que terminar con el estúpido concepto del dualismo de los sexos, o de que el hombre y la mujer representan dos mundos antagónicos.

 

 

 
La mezquindad separa y la libertad une. Seamos grandes y desprendidas y no olvidemos los asuntos vitales, agobiadas por las pequeñeces. Una idea verdaderamente justa de la relación entre los sexos no admitirá los conceptos de conquistador y conquistada; lo único importante es darse a si mismo sin límites para encontrarse mas rico, mas profundo y mejor. Solamente eso puede llenar el vacío y transformar la tragedia de la mujer emancipada en una alegría sin limites.”

 

 

 

 

 

Arte Urbano

Carmen Antony

 

La situación de las cárceles femeninas es dramática. No solo porque las mujeres detenidas sufren el estigma de romper con el rol de esposas sumisas y madres presentes  que les asigna la sociedad, sino también por la falta de leyes y políticas adecuadas para abordar  problemas como el de las madres  lactantes o los hijos de las mujeres encarceladas. Esto se suma a otras cuestiones, como la violencia sexual y el hacinamiento producto del aumento de la población penitenciaria femenina, generalmente por delitos relacionados con el microtráfico de drogas. El artículo sostiene que, para resolver estos graves problemas, es necesario incluir un enfoque de género en las políticas penales y penitenciarias.

 

A partir de la publicación del libro Criminalidad femenina, de María de la Luz Lima, en 1991, los criminólogos latinoamericanos comenzaron a prestarle atención al tema de la trasgresión femenina, especialmente a cómo se aplica la pena a las mujeres privadas de su libertad, desde una perspectiva de género.

 

 

Era llamativa la invisibilidad –o, más bien, la ausencia de una mirada de género – en los trabajos criminológicos y penales sobre esta cuestión. Las investigaciones sobre la delincuencia femenina se ajustaban a parámetros derivados de una concepción androcentrista y etnocentrista que privilegiaba la mirada sobre el delincuente varón. Tanto el discurso como las normas jurídicas giraban alrededor del hombre delincuente, sus motivaciones y el tratamiento que recibía en las cárceles y los establecimientos penitenciarios. La historia de las mujeres y su rol en la sociedad no tenían lugar en estos análisis y estudios. El delito no es de naturaleza homogénea y, por lo tanto, su estudio no debe hacerse solo desde una perspectiva etiológica o desde un enfoque crítico. Es necesario analizar en conjunto las relaciones y las reglas del poder en la sociedad. En ese sentido, Lola Aniyar de Castro señala que el poder ha ido construyendo una idea y una realidad de la subordinación femenina a lo largo de la historia, que se ha reflejado en la criminalidad y la criminología, que son los campos donde el poder define más claramente las cualidades del bien y del mal, el estereotipo de los buenos y de los malos, y donde se ve con mayor claridad el sometimiento que sufren los más débiles (Antony 2006, prólogo).

 

La falta de literatura penal y criminológica sobre las mujeres no es, desde nuestro punto de vista, atribuible solamente a la tasa de delincuencia femenina, que es inferior a la masculina. Creemos que la delincuencia femenina no había sido objeto de estudio porque muchas investigaciones partieron de estereotipos sobre la mujer que solo contribuyeron a distorsionar la realidad. Falta, por lo tanto, una política criminal con perspectiva de género. Ésta es la causa por la cual las necesidades de los hombres que se encuentran en prisión se privilegian frente a las necesidades de las mujeres, lo cual se traduce en la inexistencia de una arquitectura carcelaria adecuada y en la falta de recursos. Esto conduce a que las mujeres tengan menos talleres de trabajo y capacitación, que no existan bibliotecas adecuadas y que se restrinjan las actividades culturales, recreativas y educativas a las que tienen derecho. Del mismo modo, las estadísticas toman en cuenta solo parcialmente la variable sexo. Se ignora, en general, que los sexos tienen género, y por lo tanto roles, valoraciones y espacios de poder que los afectan de diferente manera (Bavestrello/Cortés, p. 15).

 

A pesar de todo esto, hay que reconocer que actualmente existe una mayor preocupación por la situación de la mujer delincuente y, sobre todo, por el tratamiento que recibe en las cárceles. Esta inquietud se debe en buena medida al notable aumento de las mujeres involucradas en delitos relacionados con drogas. Esto ha elevado el número de mujeres presas en Latinoamérica y ha incrementado el hacinamiento y el deterioro de las condiciones de reclusión.

 

Mujer y cárcel

 

La prisión es para la mujer un espacio discriminador y opresivo. Esto se expresa en el desigual tratamiento recibido y en el significado, muy diferente  que asume el encierro para las mujeres y para los hombres. Sostenemos que la prisión es para la mujer doblemente estigmatizadora y dolorosa si se tiene en cuenta el rol que la sociedad le ha asignado. Una mujer que pasa por la prisión es calificada de «mala» porque contravino el papel que le corresponde como esposa y madre, sumisa, dependiente y dócil. Las características reflejadas en todos los establecimientos penitenciarios de América Latina son sospechosamente similares: regímenes duros, largas condenas, alta proporción de detenidas no condenadas, mal estado de las instalaciones, falta de atención y tratamientos médicos especializados, terapias basadas en trastornos calificados como «nerviosos», escasa o nula capacitación  laboral y pocas actividades educativas y recreativas. Estas características indican que no se está utilizando la perspectiva de género y que, por el contrario, se refuerza la formación –o mejor dicho, la asignación de sexo– y se consolida la idea androcéntrica de la mujer como un ser subordinado, incapaz de tomar decisiones, sin responsabilidades y sin posibilidad de enfrentar el futuro. El objetivo de los regímenes penitenciarios es devolverla a la sociedad como una «verdadera mujer», para lo cual se recurre a las técnicas tradicionales de socialización. Los trabajos y la supuesta formación profesional impartida en la cárcel están dirigidos a aprender a coser, planchar, cocinar, limpiar, confeccionar pequeñas artesanías y tomar cursos de modistería. Esto traduce una total despreocupación por el mercado laboral que les espera cuando salgan en libertad, pues pocas de estas actividades les permitirán subsistir de manera independiente.

 

Los trabajos y la supuesta formación profesional impartida en la cárcel están dirigidos a aprender a coser, planchar, cocinar, limpiar, confeccionar pequeñas artesanías y tomar cursos de modistería

 

Este modelo social traza una equivalencia entre lo femenino y lo maternal y reproduce vínculos que maternalizan e infantilizan a las mujeres. La condición femenina es definida, entonces, por un modelo social y cultural que se caracteriza por la dependencia, la falta de poder, la inferioridad física, la sumisión y hasta el sacrificio.

En este contexto, uno de los aspectos más traumáticos para las mujeres privadas de su libertad lo constituye la pérdida de sus hijos. La preocupación por ellos está presente en toda su vida carcelaria y en muchas ocasiones se convierte en una verdadera obsesión. En las entrevistas que realizamos en diferentes cárceles (Antony 2005 y 2006), las reclusas coincidían en preguntar: ¿cómo estarán mis hijos? ¿Tendrán suficiente comida? ¿Los maltratan? ¿Irán a la escuela? ¿Vendrán a verme? ¿Me perdonarán por haber delinquido? ¿Cómo me recibirán si algún día salgo de este infierno? El sentimiento de ser «malas madres», de haber abandonado a sus hijos, las persigue desde que entran hasta que salen de prisión. Muchas de estas mujeres han sido abandonadas por sus maridos o sus compañeros o son madres solteras, sin apoyo alguno. En las cárceles de mujeres es usual que las visitantes sean también mujeres, algo impensable en las prisiones masculinas, donde los visitantes no son casi nunca hombres. Aunque muchas parientas suelen llevar a los hijos, especialmente a los menores de edad, a visitar a sus madres, en muchos casos la familia paterna impide el contacto ya que culpabiliza a la mujer por sus trasgresiones.

 

El microtráfico de drogas

 

El incremento de mujeres detenidas por delitos relacionados con el microtráfico de drogas no es casual. Se trata de una actividad que les permite seguir desempeñando los roles de madre, esposa, abuela y dueña de casa, ya que para realizarla no están obligadas a desplazarse fuera de su vivienda, lo que les permite atender las labores domésticas y cuidar a los hijos o nietos. Muchas veces es la mujer quien se encarga de la venta de drogas proporcionadas por los varones, ya sea para tapar las conductas infractoras de sus parientes hombres o por razones de sobrevivencia, ya que esta actividad ilícita les permite sustentar los gastos de alimentación de su familia. Igualmente impactante es la situación de las mujeres transportistas –llamadas «mulas» o «burreras»– que llevan drogas de un país a otro. En la vida miserable de estas pequeñas transportistas el riesgo no es solo ser detenida. Hay altas posibilidades de que sufran un deterioro de su salud o que pierdan sus vidas. Si son sorprendidas, reciben un trato atroz y discriminatorio debido a los brutales procedimientos utilizados para obligarlas a expulsar la droga.

 

Muchas de estas mujeres, que cuando son detenidas se encuentran lejos de su familia y de su país, no tienen expectativas de salir de la prisión debido a las largas condenas que reciben. Carecen de ayuda económica y jurídica adecuadas y languidecen en las cárceles por años y años. A menudo son extranjeras y no tienen residencia en el país que las juzgó, por lo que no tienen derecho a beneficios extrapenitenciarios. Estas mujeres, en suma, constituyen un grupo particularmente vulnerable. Almeda (2003, pp. 70 y ss.) señala que no es casual que se las criminalice justamente a ellas, que constituyen el último eslabón del tráfico y contrabando de drogas.

 

Hijos y discriminación

 

Como ya señalamos, una de las grandes preocupaciones de las mujeres encarceladas es la presencia (o ausencia) de sus hijos menores de edad. Algunas legislaciones contemplan la posibilidad de que los hijos menores permanezcan con sus madres por un periodo que va desde su nacimiento hasta los cuatro años de edad. En algunos casos, este periodo se ha extendido hasta los 11 años (Rodríguez, p. 30). Esta situación hace que los niños compartan el espacio y las condiciones de detención con el resto de las mujeres. No hay establecimientos carcelarios que cuenten con espacios suficientes para construir guarderías, ya sea para los hijos que viven con sus madres o para los que las visitan.

Hay diferentes maneras de enfrentar este problema, pero no detectamos la suficiente preocupación por parte de las autoridades penitenciarias ni tampoco una normativa específica al respecto. Por eso, el hecho de que los hijos menores de edad vivan con sus madres depende muchas veces de la capacidad física del establecimiento y del grado de hacinamiento. Cuando la legislación o los reglamentos internos lo permiten, las guarderías se improvisan en piezas o cubículos no preparados, sin atención médica especializada. Esta situación, además de constituir una clara violación a los derechos humano s1 implica un fuerte mecanismo de control social de la mujer, ya que las  se ven obligadas a mantener una conducta sumisa para que las autoridades penitenciarias les permitan conservar a sus hijos. Podemos señalar, por ejemplo, las denuncias en la cárcel del Buen Pastor, en Costa Rica, por castigos

impuestos a las madres reclusas debido a conductas calificadas de «mala madre», que funcionan como un pretexto para quitarles a los hijos o aplicarles sanciones disciplinarias (Martín et al.).

 

Por otro lado, aquellas madres que conviven con sus hijos en las cárceles ven restringido su acceso a los programas laborales y educativos, ya que deben ocuparse de su cuidado. Y, al mismo tiempo, separar a las mujeres de sus hijos

es una forma de tortura, pues éstos sin duda hacen más llevadera la vida en prisión. De todos modos, esto puede significar una socialización negativa para los niños, que pueden verse expuestos a situaciones de violencia.

Sin embargo, la falta de opciones para estos menores –existen muy pocos centros que reciban a los hijos menores de edad de las mujeres privadas de su libertad  casi todos están en manos privadas– dificulta la solución de este problema. Muchos de estos niños terminan en la calle, acrecentando los problemas sociales. Todo esto se explica, en definitiva, por la estructura familiar matricentrada que prevalece en nuestra sociedad, caracterizada por la ausencia total o parcial del padre.

 

Otra situación, también dolorosa, es la de las madres lactantes o que acaban de dar a luz. Aunque algunas legislaciones permiten la detención domiciliaria en tanto dure el periodo de embarazo y lactancia, esto no siempre se contempla en la norma jurídica o en los programas penitenciarios. Las entrevistas realizadas en el Centro Femenino de Rehabilitación de Panamá nos permitieron comprobar la escasa o nula atención especializada. Las

mujeres que van a dar a luz son conducidas a un hospital público, donde se las trata en forma discriminadora y vejatoria debido a su condición de trasgresoras.

 

Un aspecto del régimen penitenciario claramente discriminatorio para las mujeres es el de la visita íntima. Muy pocas cárceles latinoamericanas de mujeres han reglamentado este derecho que, aunque quizás no esté formalmente

negado, no se ha implementado debidamente. Y en los pocos establecimientos en donde existe la visita íntima o

familiar para las mujeres, éstas son objeto de fiscalizaciones y exigencias que los hombres reclusos no sufren, como el uso forzoso de anticonceptivos o la obligación de estar casada o mantener un vínculo de pareja estable con el visitante. Del mismo modo, hay que señalar la discriminación de las mujeres reclusas lesbianas, a quienes se les niega el derecho a recibir visitas íntimas de sus compañeras2. La discriminación queda más clara si se tiene en cuenta que, lejos de lo que ocurre con las mujeres, en algunas cárceles bolivianas de hombres se permite el ingreso de prostitutas, sin control sanitario alguno (Achá, p. 133).

 

Otra grave violación a los derechos sexuales y reproductivos es la falta de atención médica especializada. Una investigación realizada en Centroamérica constató la falta de médicos ginecológicos y de pediatras para los hijos que conviven con sus madres (Rodríguez, p. 31). Pero la situación de los hijos, la falta de atención médica adecuada y las visitas íntimas no son las únicas formas de discriminación que sufren las mujeres en las cárceles. A ellas debemos añadir las situaciones de violencia sexual, un tema denunciado por organizaciones como American Watch y Amnistía Internacional. Debido a estas denuncias cada vez más frecuentes, se ha conseguido que la custodia de las prisiones femeninas esté a cargo de mujeres. Sin embargo, en algunos países latinoamericanos la vigilancia externa sigue a cargo de policías, que en muchas ocasiones abusan sexualmente de las detenidas, particularmente cuando las acompañan a las audiencias de sus juicios.

 

Las situaciones descriptas atentan contra la igualdad y el principio de no discriminación ante la ley y, en consecuencia, violan los derechos humanos. Recordemos la recomendación emanada de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer realizada en 1995 en Beijing:

Revisar y enmendar las leyes y los procedimientos penales, según sea necesario, para

eliminar toda forma de discriminación contra la mujer, con el objeto de procurar que la

legislación y los procedimientos penales garanticen una protección efectiva contra los

delitos dirigidos contra la mujer, o que la afecten en forma desproporcionada, así como

el enjuiciamiento por esos delitos, sea cual fuere la relación entre el perpetrador y

su víctima, y procurar que las mujeres acusadas, víctimas o testigos no se conviertan

otra vez en víctimas ni sufran discriminación alguna en la investigación de los delitos

y el juicio correspondiente.

 

Para ilustrar las múltiples situaciones de discriminación y violencia contra las mujeres encarceladas presentaremos brevemente el caso de Panamá. Creemos que puede ser demostrativo de cómo se ejecutan las penas no solo en Centroamérica, sino en toda América Latina.

 

La situación en Panamá

 

No hay estudios sobre las mujeres detenidas en Panamá que contengan un enfoque de género. Solo encontramos algunos datos parcialmente desglosados (estadísticas de hombres y mujeres) en los análisis de censos de los centros penitenciarios que preparó la Defensoría del Pueblo en 2006. Esta situación no debe llamar la atención ya que, como ya señalamos, aún hoy, en pleno siglo XXI, los estereotipos sobre la mujer detenida siguen presentes.

El informe de la Defensoría del Pueblo, que comprendió al total de la población penitenciaria, indica que el porcentaje de mujeres en prisión es solo 6,8% del total. Aunque 43,5% de ellas tiene menos de 30 años, las que tienen más de 50 años llegan a 6,6%, mucho más que los hombres (3,9%). Esto implica que la mujer empieza más tarde que el hombre su carrera delictiva.

La mayoría declara tener hijos, hecho que se repite con los hombres. Así, si consideramos a la población penitenciaria de ambos sexos, estimamos que unos 7.500 menores de edad viven sin padre o madre. Esto, por supuesto, implica un alto riesgo social para los niños.

 

 

Aunque 72,1% del total de detenidos en Panamá declaró estar empleado al momento de su arresto, el porcentaje disminuye a 52,9% en el caso de las mujeres. Del mismo modo, más de la mitad de las mujeres encarceladas declaró no percibir ningún ingreso cuando fue detenida, mientras que el porcentaje de hombres que afirmó lo mismo se reduce a 28%. Estos datos confirman la situación de vulnerabilidad de las mujeres detenidas.

Los problemas de salud más comunes son similares en ambos sexos: trastornos gastrointestinales, pulmonares, infecciones cutáneas y enfermedades de transmisión sexual, entre ellas el sida. La atención médica tiende a limitarse a aplicar inyecciones, tomar la presión arterial, extraer sangre para exámenes de rutina y algunas operaciones de cirugía menor. En el caso de las mujeres abundan los trastornos calificados como «nerviosos», por lo que se recetan tranquilizantes en forma excesiva.

 

Otra situación que ilustra la discriminación que sufre la mujer delincuente es que el porcentaje de procesadas detenidas (no condenadas) es mayor al de los hombres; asimismo, se les conceden menos beneficios extracarcelarios en proporción a la población penitenciaria.

La ley No 55 que reorganizó el sistema penitenciario de Panamá, sancionada el 30 de junio de 2003, no incluyó un enfoque de género. Son pocas las disposiciones que hacen referencia a cómo el tratamiento penitenciario debe contemplar diferencias entre los hombres y las mujeres. Si bien es cierto que la ley habla de la separación entre los sexos, y aunque contempla recintos adecuados para la atención de las embarazadas y lactantes (tal como se consagró en las Reglas Mínimas del Tratamiento de Delincuentes de Naciones Unidas3), la norma no incluyó otras disposiciones importantes, relacionadas con el tipo de trabajo y la arquitectura penitenciaria. Tampoco tuvo en cuenta la situación de los hijos de las mujeres detenidas, ya que no se permite que vivan con sus madres. En general, las pocas referencias especiales a las mujeres contempladas en la ley corresponden a su rol reproductor, sin tener en cuenta sus derechos sexuales y reproductivos. Al reglamentar la visita conyugal, la ley dice que son derechos que se reglamentarán de acuerdo con las normas de salud. De implementarse este régimen de visitas sería conveniente que las mujeres no fueran las únicas que deban usar preservativos, y también sería importante que se

permita, como en el caso de los hombres, encuentros con sus compañeros aunque no sean sus cónyuges. Esto, sin embargo, parece algo bastante lejano. Finalmente, los abusos sexuales que suelen

sufrir las mujeres detenidas en Panamá constituyen un tema oculto y silenciado, aunque  en otros países hay informes

muy impactantes al respecto. Aunque las custodias de las cárceles femeninas son mujeres, se pueden observar hombres dentro del recinto penitenciario: policías designados porque el personal no es suficiente o trabajadores que van a efectuar tareas de mantenimiento. Es un tema que se debe investigar, así como el tráfico de estupefacientes con complicidad del personal de custodia.

                                 Carmen Antony:

 

 
 
 

 
 
 
 
 

 

 

 

 

        ¿QUE ES LA MUTILACION GENITAL FEMENINA?

Se designa mutilación genital femenina/mutilación sexual femenina todas las intervenciones que conllevan una ablación total o parcial de los órganos genitales externos de la mujer o toda otra mutilación de los órganos genitales externos femeninos que sean practicados por razones culturales u otras y no con fines terapéuticos

Según la OMS “La mutilación genital femenina es un problema de salud pública, todas las mujeres y las niñas tienen derecho a disfrutar del más alto grado posible de salud”

Tipos

Según la última clasificación de la OMS, se identifican cuatro tipos de mutilaciones genitales femeninas:

Tipo I: escisión del prepucio junto con la eliminación parcial o total del clítoris

 

Tipo II: escisión del clítoris con escisión parcial o total de los labios menores

 

Tipo III: escisión parcial o total de los genitales externos con sutura/estrechamiento del orificio vaginal. Este tipo se denomina también “infibulación”

 

Tipo IV: amplio abanico de prácticas variadas e inclasificables que incluyen la cauterización, quemando el clítoris y los tejidos que lo rodean; el raspado del orificio vaginal o hacer cortes en la vagina y la introducción de sustancias corrosivas o hierbas en el interior de la vagina para provocar el sangrado de la misma o con la finalidad de reducirla o estrecharla.

El tipo de MGF realizado varía según la zona geográfica. Lo más frecuente es la práctica del tipo I.

Cómo y quien realiza la MGF

La MGF se lleva a cabo utilizando cuchillos especiales, tijeras, cuchillas de afeitar o trozos de vidrio. En algunas ocasiones, se usan piedras muy afiladas, cortauñas e incluso la tapa de aluminio de una lata. Cuando la operación se efectúa a varias niñas a la vez, puede que se utilice siempre el mismo instrumento sin limpiarlo entre un procedimiento y otro.

La operación se realiza sin anestesia mientras la niña es sujetada por otras mujeres, y suele ser llevada a cabo por una mujer, generalmente muy respetada en la comunidad y de edad avanzada, designada especialmente para esta tarea. Esta mujer, con frecuencia, es también la partera tradicional. La duración del procedimiento es de unos 15 a 20 minutos, dependiendo de la habilidad de la escisora y de la resistencia que oponga la niña. Posteriormente, la herida se limpia utilizando desde alcohol o zumo de limón, hasta ceniza, mezclas de hierbas, aceite de coco o excrementos de animales.

La MGF es también practicada por profesionales en centros sanitarios con asepsia y anestesia, especialmente en Egipto, Sudán y Kenia.

 

A quién se realiza la MGF

La MGF se realiza tanto a niñas como a mujeres. La edad varía ampliamente dependiendo de los grupos étnicos y de la localización geográfica. En algunas etnias se practica a bebés de pocas semanas, pero lo más frecuente es que se realice a niñas entre los cinco y los catorce años, en muchas ocasiones ligado a un rito ceremonial de paso a la edad adulta. En otros casos, se practica antes del matrimonio (puede ser exigida por el futuro marido o por la futura suegra para ser aceptada como esposa), durante el embarazo e incluso durante el parto.

Debido a que la MGF está prohibida y penada por la ley en muchos países, se ha observado que cada vez se realiza a edades más tempranas con el fin de eludir tanto su detección como el recuerdo de ella en la niña. La disminución de la edad a la que se practica y el aumento de su medicalización han hecho que disminuya la importancia de los aspectos ceremoniales ligados a la misma.

 

Causas

La MGF es una manifestación de la desigualdad de género, basada en una serie de convicciones y percepciones muy arraigadas en estructuras sociales, económicas, políticas y, en ocasiones, religiosas.

Las causas que se aducen para realizar la operación son muy variadas pero podemos agruparlas en los siguientes apartados según la OMS:

Socio-Culturales

 

En algunas comunidades, la MGF refuerza el sentimiento de las mujeres de pertenencia al grupo al realizarse como parte de un rito ceremonial de paso a la edad adulta. Además, la presión social para su práctica es intensa, siendo amenazadas con el rechazo y el aislamiento si no siguen la tradición ya que las sociedades que practican la MGF son patriarcales y patrilineales y el acceso de las mujeres a la tierra y a la seguridad se realiza por medio del matrimonio.

Algunos grupos étnicos atribuyen al clítoris el poder de herir al hombre e incluso matarlo. Otros piensan que el clítoris podría crecer tanto que llegaría a obstruir la entrada de la vagina y por lo tanto impedir la penetración masculina; o bien que al nacer el bebé taparía su nariz y le impediría respirar causando su muerte. Un buen número de etnias creen que el contacto del bebé con el clítoris al nacer causaría su muerte.

Higiénicas y Estéticas

En algunas etnias se considera que los genitales externos femeninos son sucios y feos y que, por lo tanto, su eliminación hace a la mujer limpia y bella; otros piensan que si no se eliminan crecerían de forma indefinida; en otros casos, la MGF se asocia a la pureza espiritual

Religiosas o espirituales

 

En algunas comunidades se cree que la MGF es necesaria para que la mujer sea espiritualmente pura y que por lo tanto esto es requerido por la religión.

Aunque ni la Biblia ni el Corán apoyan la práctica de la MGF, algunas comunidades religiosas islámicas creen firmemente que su religión lo exige

Psico-Sexuales

Con ella se favorecería la fertilidad y la salud de la mujer; activaría el vigor sexual del marido; evitaría las desviaciones sexuales, incluidos el adulterio y la prostitución; se protegería la vida del recién nacido; la MGF sería imprescindible para el mantenimiento de la virginidad; etc.

Aunque algunos de los países en los que se realiza la MGF prohíben su práctica , la convención social que la rodea es tan fuerte que, aún cuando individualmente una mujer o una familia estén en contra de realizársela a sus hijas, es muy posible que continúen haciéndolo para protegerlas y salvaguardar su estatus en la comunidad. Al mismo tiempo, el trámite de la MGF en los casos en que se realiza como parte de una ceremonia comunitaria, confiere a las niñas un sentimiento de pertenencia a la comunidad, de paso a la edad adulta y de orgullo. El no realizarla, de forma individual, puede conducir a la mujer no mutilada a la marginación social y al aislamiento. Por ello, es muy importante conocer los motivos que conducen a la práctica de la MGF en cada comunidad para trabajar sobre ellos y lograr así el abandono de la misma por un número significativo de familias de forma que ninguna niña sea perjudicada. La misma presión social que conduce a su realización puede ser la clave para su abandono.

Consecuencias

La MGF, además de ser un grave atentado contra los derechos humanos y ser muestra de la dominación que en muchos lugares, ejercen los hombres sobre las mujeres, entraña consecuencias físicas para ellas, en ocasiones tan graves, que pueden llevarlas a la muerte o a secuelas permanentes. Las complicaciones que aparecen tras una mutilación genital pueden ocurrir inmediatamente, a medio o a largo plazo tras su realización además, conllevan problemas sexuales, sociales y psicológicos.

 

Complicaciones inmediatas y a medio plazo

Hemorragia: la ablación del clítoris y de los labios menores conlleva la sección de de gran cantidad de vasos sanguíneos través de los cuales fluye sangre a elevada presión. La hemorragia es la complicación más frecuente de la mutilación y en ocasiones puede ser tan grave que cause la muerte de la niña o mujer. Además, también puede producirse un sangrado a medio plazo por desprendimiento del coágulo que cubre la herida.

Dolor muy intenso. Los genitales externos son una zona con una rica inervación, por lo que su manipulación sin anestesia es muy dolorosa

Choque secundario al sangrado y/o al dolor

Infección y sepsis por la realización del procedimiento sin medidas higiénicas, ya que es frecuente el uso de instrumentos y medios contaminados para la sección y posterior cauterización de la herida.

Lesiones de los tejidos cercanos: uretra, vagina, perineo y recto debidos a la poca pericia de la mutiladora, que puede ser una persona ancianas con mal pulso y visión ya deteriorada, unido al hecho de que el dolor hace que sea difícil que la niña / mujer se mantenga quieta durante la operación

Retención de orina a consecuencia del dolor, de la inflamación o por lesión directa de la uretra

Muerte secundaria a alguna de las complicaciones

Complicaciones a largo plazo

Estas varían según el tipo de MFG

Tipos I y II:

Las complicaciones que aparecen más frecuentemente son: Infecciones recurrentes del tracto urinario, infecciones pélvicas e infertilidad, abscesos, fístulas vesico-vaginales o recto-vaginales, quistes dermoides, queloides, , hepatitis B, infeción por VIH/SIDA u otras enfermedades de transmisión sanguíneas y relaciones sexuales dolorosas.

Tipo III

Incluye todas las complicaciones de los tipos I y II, pero al ser más extensa, se añaden otro tipo de problemas como resultado de la obstrucción mecánica creada por la cicatriz que cubre la uretra y la vagina. Además de las lesiones derivadas de la “apertura” y “cierre” necesarios en cada parto:

  • Enfermedad inflamatoria pélvica debida a las infecciones recurrentes secundarias a la retención del flujo menstrual, que puede producir infertilidad
  • Dismenorrea (menstruación dolorosa)
  • Infección crónica del tracto urinario; Incontinencia
  • Estenosis vaginal

Consecuencias psicológicas, sociales y sexuales

La mutilación puede estar marcada con sentimientos de miedo, angustia, sumisión e inhibición y bloqueo emocional. La memoria del hecho las acompaña durante toda su vida

Algunas mujeres sufren, además de menstruaciones dolorosas, dolor durante las relaciones sexuales (dispareunia), debido a las cicatrices, a la estenosis vaginal o a las infecciones. En los casos de infibulación (tipo III), la penetración vaginal puede ser imposible sin reabrir la cicatriz

Pude producirse vaginismo por lesiones en el área vulvar e intentos repetidos y muy dolorosos de penetración.

La experiencia de la MGF se ha asociado a una serie de desórdenes mentales y psicosomáticos como alteraciones del apetito y del sueño, pesadillas, ataques de pánico, dificultades para la concentración y el aprendizaje. Al crecer, pueden experimentar sentimientos de pérdida de autoestima, depresión, ansiedad crónica, fobias, pánico e incluso alteraciones psicóticas. Muchas mujeres padecen sus problemas en silencio, incapaces de expresar su dolor y su miedo.

En algunos casos, la aparición de fístulas vesico-vaginales o recto-vaginales, las conduce a la marginación social.

Además, las niñas o mujeres que no han sido mutiladas pueden ser estigmatizadas y rechazadas por su comunidad y no poder contraer matrimonio